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Lo último que se pierde es la esperanza…

Soy fotoperiodista y siento esta profesión en lo más hondo de mí. Tengo un vicio: sigo creyendo que -a pesar del abandono que sufre nuestra profesión por parte de instituciones, empresas culturales y editores, del intrusismo y de la maldita crisis – el fotoperiodismo no morirá porque siempre será necesario alguien con la suficiente paciencia, profesionalidad, compromiso y muchas dosis de vocación periodística para contar lo que sucede a nuestro alrededor. Ya lo veis, soy optimista. No de una manera gratuita: no concibo  mi trabajo sin esfuerzo e ilusión. Nuestra profesión es como una carrera de fondo, un largo camino lleno de obstáculos, encuentros y desencuentros. Me gustaría llegar al final, poder volver la vista atrás y exclamar un gran grito de júbilo al comprobar que el triunfo ha sido saborear cada minuto, cada paso del trayecto recorrido. En eso me esfuerzo cada día. No sé si lo voy a conseguir. No tengo una varita mágica. Pero tengo la convicción de que la ilusión por ser un poco mejor cada día, la sinceridad para corregir los errores, y la curiosidad por aprender son perfectas compañeras de viaje.

 La vida del fotoperiodista tiene momentos muy amargos y otros dulces, seductores y esperanzadores. Gracias Pere Puntí por enviarme por correo el enlace de la noticia que os muestro a continuación: “Éxito de un diario local al priorizar el fotoperiodismo”

http://www.petapixel.com/2012/04/05/small-town-newspaper-succeeding-by-prioritizing-photojournalism/.

Una gozada de aquellas que abren una vía a la esperanza.

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