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Arquitectura animada

“La línea recta es del hombre, la curva es de Dios”, insistía el maestro

Todas las ciudades buscan tener un símbolo propio que las individualice y dé identidad a su perfil. Barcelona desde hace 120 años construye con obstinada perseverancia un templo que es, ante todo, una idea o un ideal, según se mire. Pero es evidente que la Sagrada Familia ha ido dibujando lentamente el horizonte de la ciudad y el hecho de estar aún en plena construcción no le impide ser un foco de interés para numerosas personas, algunas de ellas llegadas de lugares remotos. La relación del monumento con Barcelona, como toda convivencia prolongada en el tiempo, ha pasado por diferentes estadios, desde momentos de apasionado enamoramiento, a largos periodos de indiferencia, sin faltar episodios de abierto rechazo. Actualmente, templo y ciudad, viven un feliz reencuentro.

Cuando faltaban dos décadas para empezar el siglo XX, Barcelona ordenaba racionalmente en forma de cuadrícula su trazado urbanístico. En esta época de optimismo constructivo, la Asociación de los Devotos de San José decide construir un templo dedicado a Jesús, María y José, con la intención de ensalzar el ideal de familia y a la vez, la figura de su patrón. La falta de dinero obliga a comprar los terrenos dónde antaño eran las afueras de la ciudad. Finalmente en 1882 y con el mismo espíritu que se construían las catedrales medievales, se coloca la primera piedra del que será definitivamente el templo de la Sagrada Familia.

El primer arquitecto no fue Gaudí, sino Francisco del Villar que al cabo de un año, por desavenencias con los promotores, abandona la obra y ésta es encomendada –Gaudí estaba convencido de la intervención divina de San José- al joven arquitecto que, como condición, pide plena libertad para modificar el proyecto inicial. Poco imaginaba que esta adjudicación condicionaría el resto de su vida.

Antoni Gaudí había nacido en Reus en 1852 hijo de una familia de artesanos caldereros, de ahí -comentaba- le venía su percepción de la forma y el espacio. Su gran capacidad de intuir el volumen a partir de una superficie plana le había sido transmitida a través de generaciones de curvar y modelar planchas de cobre. Los conocimientos artesanales los pondrá en práctica, posteriormente, cuando ejerza su profesión, una vez acabados los estudios de Arquitectura en Barcelona.

Los principales encargos le son proporcionados por el círculo del que será su incondicional mecenas Eusebi Güell. En sus construcciones va destilando su observación de la naturaleza, la pasión por la geometría y la fijación de la luz del Mediterráneo, de ella diría Gaudí que era la más idónea para resaltar los volúmenes arquitectónicos. Sintetiza genialmente pintura, escultura y arquitectura fundiéndolas en lo que será la metáfora de un organismo habitable. El interior de algunos de sus edificios conecta directamente con el sentido onírico del mito. Aparece la caverna como espacio ritual o el interior del vientre de un animal mitológico. En otras ocasiones nos sumerge en las profundidades acuáticas, un regreso al primer habitáculo. Gradualmente se impregna de la espiritualidad y misticismo de los antiguos constructores. Su estancia en Astorga en la dirección del proyecto del Palacio Episcopal le pone forzosamente en contacto con las grandes catedrales del Camino de Santiago. Esta es la esencia que vuelca en la Sagrada Familia. No es difícil percibirla por quien la visita con los sentidos afinados.

Al entrar al recinto la apariencia de caos puede abrumar, en él conviven sin grandes conflictos, operarios trabajando, expediciones turísticas y grupos escolares, todos ellos mezclados en una cacofonía ruidosa. Tras esta primera impresión, el templo se impone y el privilegio de asistir al nacimiento de una catedral, despierta la conciencia. El espacio se va ordenando mentalmente, la simetría de las dos puertas laterales nos guía en la intención del arquitecto: la puerta del Nacimiento -que Gaudí dirigió personalmente- es naturaleza en eclosión, el triunfo de la vida. La línea curva domina con rotundidad: “La línea recta es del hombre, la curva es de Dios”, insistía el maestro. Toda la ornamentación escultórica tiene su razón de ser en un lenguaje de piedra que en unas ocasiones tiene interpretación universal y en otras es Gaudí quien actúa como creador de símbolos. Representa en la base de las columnas centrales dos tortugas: una terrestre y otra marina, extraídas de la mitología china, su significado es la estabilidad del cosmos, a partir de ellas, comienza la panorámica vertical de la fachada. Flora y fauna van encaramándose con ritmo ascendente, creando hornacinas para albergar esculturas que representan apóstoles, ángeles músicos y escenas de la infancia de Jesús. A partir de ahí, las cuatro torres cónicas caladas de oberturas y habitadas por fauna esculpida, se elevan unidas. Diferentes estudios han intentado dilucidar los posibles paisajes en los que Gaudí se inspiró para la composición de la fachada –montaña de Montserrat, desfiladero de Collegats, o construcciones rupestres de Oriente Próximo-, muchos visitantes creen reconocer elementos estructurales árabes, hindúes o de su propia tradición arquitectónica. Quizá el objetivo final sea que esta montaña de piedra se convierta en una gran pantalla donde proyectar nuestro inconsciente colectivo. Otra vez Gaudí nos indica la dirección: “La originalidad es el retorno al origen”, el reencuentro con aquel primer germen común a toda la humanidad.

La puerta simbólica y físicamente opuesta a la del Nacimiento, es la fachada de la Pasión. Mientras aquella está orientada a recibir los primeros rayos del sol, la de la Pasión queda iluminada en el ocaso del día, anunciando el desenlace final. Si en la anterior podíamos reconocer algunos elementos estilísticos del Modernismo –exuberancia y sinuosidad-, en ésta triunfa el expresionismo y la angulosidad. El profundo atrio intensifica el dramatismo de luces y sombras de esta fachada. Es inquietante y perturbadora. Seis pilares inclinados empujan hacia arriba la cubierta que en el proyecto de Gaudí estaba rematada por una hilera de huesos-columnas. El sufrimiento que transmite la composición arquitectónica es expresado a través de la tensión al límite de la piedra, compartiendo la dimensión trágica de las escenas narradas. Las esculturas que reparten el espacio frontal son obra actual de Josep Mª Subirachs, algunas de ellas, como el beso de Judas o el rostro de Jesús en el paño de la Verónica, omiten la forma, sugiriendo el volumen sólo a través de su molde negativo. La estructura narrativa no sigue un orden lineal, el espectador puede optar por crear su propio guión a modo de flash-back evangélico, o bien desentrañar el hilo argumental de la misma manera que se descifra el criptograma situado a la izquierda de la entrada. La puerta principal de bronce –obra de Subirachs y Ramón Millet-, deja caer una cascada de palabras donde se narra el pasaje de la Pasión según San Juan. Al atardecer, la luz del crepúsculo ilumina las letras doradas: ¿Y qué es la verdad?.

La ascensión a las torres también es un acertijo espacial. Una línea helicoidal avanza con la escalera de caracol, secuenciando el movimiento; la perspectiva vertiginosa que se percibe a través del círculo central, remite a la noción mental de infinito. Es posible pasar de una torre a otra a través de pequeños puentes. Al deambular por el interior, se pierden los puntos de referencia del espacio, ya que las escaleras de las torres de la derecha giran en sentido inverso a las de la izquierda, sugiriendo la idea de recorrer un laberinto curvo y vertical, sugestivamente cambiante. Las aberturas y balcones de las torres ofrecen encuadres y perspectivas insólitas del espacio arquitectónico creado por Gaudí, actuando como un inmenso calidoscopio que a cada vuelta nos muestra una nueva visión del templo.

En el exterior, la parte superior de las torres está revestida de color por medio de cerámica vidriada, la luz reflejada queda multiplicada por los pequeños espejos poligonales encendiendo los pináculos como faros. Las aberturas, en forma de pequeños voladizos, perforan las torres apuntando hacia el suelo, su misión es la de proyectar el sonido de las campanas hacia la ciudad. Cada elemento cobra sentido y obedece a una estricta función.

Los métodos de trabajo de Gaudí eran sobretodo empíricos. Las maquetas y modelos tridimensionales sustituyen a las habituales plantas y alzados de los planos arquitectónicos, que por esta misma razón -la de ser bidimensionales- no le eran válidos. La arquitectura es volumen, espacio y tiempo, demasiadas dimensiones para delimitarlas en un papel. Los cordeles y sacos de perdigones –maquetas estereostáticas reflejadas en un espejo- arrinconan a compases y escuadras. Utiliza cadenas suspendidas para obtener curvas catenarias que luego aplicará en el diseño de los arcos parabólicos. Este sistema de proyectar el edificio provoca el rechazo de los ingenieros y técnicos, pero en cambio es acogido con entusiasmo por los artesanos y operarios que tiene a su cargo, ya que pueden ver materializadas en volumen las instrucciones dadas por el maestro. A partir de ahí, se hacían los cálculos estructurales.

Es en la nave central donde la pasión de Antoni Gaudí por la geometría envuelve el espacio. Reinterpreta la columna, inclinándola cuando es necesario repartir las fuerzas estructurales y modificando su sección transversal que evoluciona desde polígonos estrellados a formas cilíndricas. La planta de la nave tiene forma de Tau griega; el alzado recuerda un bosque de árboles-columna, que se van abriendo y ramificando en la parte superior, pudiendo sustentar sin esfuerzo la cubierta, ya que cada rama soporta el peso puntual que le corresponde. Es la gran aportación estructural de Gaudí, ya que con esta solución evita los contrafuertes exteriores, imprescindibles en las catedrales góticas. El edificio gana así, en estabilidad y ligereza. La bóveda está perforada por hiperboloides –figura parecida a una doble bocina-, de esta forma resuelve de manera brillante la entrada de luz, que es proyectada con fuerza a través de las oberturas superiores. La cubierta así tratada, se convierte en hojarasca del bosque o en lluvia de estrellas, todo depende de la mirada. Enlaza las superficies regladas –paraboloides, conoides, hiperboloides y helicoidales-, con el plano, con esta unión las formas se transforman de manera continua unas en otras. Esta evolución transmite la idea de piedra viva y en continuo movimiento, donde los materiales –basalto, granito, pórfido y hormigón- forman parte de la misma cadencia, fundiéndose armónicamente en un espacio global.

La Sagrada Familia aún está en construcción, quizá se podría pensar que es mejor que siempre sea así y, de esta manera, permanecer en la categoría de edificio soñado. Mientras, es posible imaginarlo a la medida de cada cual; pero las obras avanzan cada vez a ritmo más acelerado, algunos técnicos dan un plazo de veinte años para su finalización. Era la voluntad de Gaudí. Quería creer que su obra sería llevada a término por las generaciones futuras, por eso empezó a construir en vertical y dejó sus indicaciones en forma de modelos tridimensionales. Hay que agradecérselo. Él es el constructor de la arquitectura animada, no sólo en el sentido de movimiento, sino como poseedora del elemento intangible que llamamos ánima.

La Sagrada Familia fue la obra de su vida, los últimos años los pasó inmerso en ella, hasta el punto de vivir en el taller, ya que todas sus pertenencias las había donado en beneficio de la edificación.

A principios del siglo XX su visión muchas veces incomprendida, fue motivo de críticas y rechazos. Sin embargo, algunas voces se alzaron en su defensa, como Salvador Dalí, que jugando con el significado en catalán de los dos apellidos: Gaudí (disfrutar) i Dalí (desear), afirmaba que ambos sentimientos componen las dos caras de la misma realidad que identifica Cataluña, tierra de los dos creadores.

Ahora, en año 2002, Año Internacional de Gaudí, el legado de su conocimiento ya es patrimonio universal. Por tanto, sólo resta decir: pasen y disfruten del espectáculo que brinda la arquitectura en acción.

MIREIA VILALLONGA. Catedrática de Instituto de Bellas Artes.

Reportaje realizado durante el mes de junio de 1.998 – junio de 2.002. Sagrada Familia – Barcelona.

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