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Desde dentro (Peracamps)

Inmersos en esta vorágine de acontecimientos, en este afán de prosperar, olvidamos a menudo que existen otras realidades

Nuestra vida transcurre rápidamente: pasamos de la escuela al trabajo o a estudios superiores, después vienen los noviazgos, solterías o matrimonios peor o mejor llevados, hijos si los hay, y casi siempre problemas a final de mes: la hipoteca, el préstamo, la nevera que se estropea y hay que comprar otra, el dentista, las vacaciones, el coche que decidió “morirse” de repente y sin avisar… etc. etc. etc.

Esta podría ser más o menos la “normalidad” de cientos de personas en muchos paises desarrollados del planeta. Inmersos en esta vorágine de acontecimientos, en este afán de prosperar, olvidamos a menudo que existen otras realidades: que el mundo no se acaba cuando tu equipo favorito pierde tal o cual campeonato, ni se hunde cuando te despiden del trabajo, y mucho menos cuando te deja el/la novio/a… pero da un vuelco de ciento ochenta grados cuando tus piernas dejan de andar o tus brazos de moverse, cuando el hígado, los riñones o el corazón, por poner un ejemplo, deciden que hasta aquí hemos llegado, o cuando todo empieza a ser borroso para poco a poco desaparecer tras nuestros ojos abiertos.

Tenía razón mi abuela, no valoramos las cosas hasta que las perdemos… Perdí cuatro años de mi vida a causa de un accidente de tráfico; sin comerlo ni beberlo me encontré atada a la cama y me dí cuenta de no era la única persona desgraciada en este mundo, de que a diario hay gente que lucha para poder sujetar un vaso de agua, para mantenerse en pie, para andar, para hablar y comunicarse, o en el peor de los casos para aprender a ser lo más autosuficiente ante la nueva situación… Nos puede llegar a todos, no hay garantías ni vacuna, quizás podremos escapar nosotros y los nuestros de la catástrofe o del accidente, quizás también de la enfermedad, pero es muy posible que lleguemos a viejos y las escaleras se conviertan en la peor de las torturas… todos en algún momento dado de nuestra vida podemos ser “discapacitados” o “disminuidos”, así que no estaría de más pedir que la accesibilidad a los espacios fuera la norma y no la excepción cómo sucede actualmente. No se lo/nos lo pongamos más difícil.

De aquellos días aprendí que un buen médico o una buena enfermera -y por extensión cualquier profesional- lo son porque desempeñan su trabajo con amor -aunque suene cursí- y que cuando dejamos de mirarnos el ombligo somos realmente grandes. Que el mejor éxito en esta vida es realmente vivirla compartiendola con los que quieres y que la felicidad existe si somos capaces de tener “…fuerzas para cambiar aquello que se puede cambiar, serenidad para aceptar aquello que no se puede cambiar y sabiduría para saber apreciar la diferencia”.

Reportaje realizado durante los meses de noviembre del 1.992 a febrero de 1.993 en el Hospital de Peracamps en Barcelona.

 

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