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Kosovo: El éxodo

En todos ellos planea una misma esperanza: volver a casa, aunque no quede nada, lo antes posible…

Desconcierto, desesperación y rabia se unen y se entrelazan al hambre, resignación, miedo y tristeza en una primavera sin flores en la avanzada Europa de finales del siglo XX. Albania, el país más pobre de Europa, acoge sin condiciones a sus hermanos albanokosovares huidos de la “limpieza étnica” serbia. Los campos de refugiados se extienden por Kukes, Tirana, Dürres, Kavaje, Shkodra, Tropoja, Valbona… y en todos ellos planea una misma esperanza: “…volver a casa, aunque no quede nada, lo antes posible…”.

Están viviendo un infierno: los serbios, sus amenazas, las torturas, muertes, expolios… y al final un único propósito: salvar la vida. La huida se convierte en pesadilla: frio, hambre, cansancio… y el miedo, omnipresente, extendiéndose y aferrándose a las neuronas, lo mismo que el polvo y el fango del camino a los zapatos. No existe el descanso más que para aquellos que no resisten y mueren. La puerta que anuncia el final del tunel se abre al divisar la frontera, y en ocasiones se cierra estrepitosamente al estallar las minas que los serbios han sembrado por el paisaje. Lo cuentan y entiendes las lágrimas que se asoman a sus ojos asustados. Los campos de refugiados son un mundo de miradas, pocas palabras y mucho dolor.

Los niños no juegan, esperan pacientemente sentados en la cama, se protegen unos a otros del sufrimiento y los gritos desesperados de la joven tendida dos camastros más allá. No preguntan y hacen cola para conseguir el único pan del día de hoy y quién sabe si también de mañana… y lo miran como diciendo: “…no te acabes…”. No hay peleas, limpian sus zapatos de barro, comparten con sus mayores la miseria e intentan que los más pequeños no olviden cómo sonreir. Leutrim tiene 10 meses, no recordará nada si Miravén, su madre de 27 años, recupera a sus otros tres hijos de 9, 6 y 2 años perdidos durante su huida de Kosovo y si su marido, alistado en la guerrilla del UCK vuelve sano y salvo; de lo contrario Leutrim crecerá con la desesperación de la mirada perdida y vacía de su madre.

Ellos, los niños, son los más débiles e inocentes, pero nadie, desgraciadamente nadie, ni jóvenes ni ancianos, ni hombres ni mujeres, ni civiles ni militares van a salvarse de este juego macabro, espiral de dolor infinito y secuelas incontables; de esta pesada losa construida en la sinrazón y el odio que cae sobre vivos y muertos, y que nosotros, desde nuestra cómoda butaca televisiva de una Europa primermundista, politicamente correcta, comunitaria, mediática y “solidaria” , hemos sido incapaces de evitar.

Esta no es una historia de hace dos años: los albaneses golpean hoy a los serbios de Kosovo con la misma fuerza con la que los serbios les golpeaban a ellos hasta hace dos años. Cambian las lenguas y las étnias, pero los rostros de dolor y el paisaje son siempre los mismos.

Reportaje realizado en Albania en abril de 1.999.

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